- Señorita, el pasaporte, por favor.
- Tenga.
Sabía que iba a sobrepasar el peso permitido, pero tenía que probar suerte. Y la tuve.
- Buen viaje, señorita. Qué pena que se vaya ya...
- Pero si vuelvo por acá a menudo...
Lo dije por decir, regresaría a menudo, es cierto, pero qué importaba si ahora empezaba mi ansiado viaje. Estaba feliz.
- Baje las escaleras a la izquierda y podrá pagar la tasa antes de pasar por el control. Repito. Es una pena que se vaya, señorita.
- Gracias. Adiós.
No presté mucha atención. Estaba ansiosa por cruzar y disfrutar de ese tiempo antes del embarque, un café, un libro, unas notas mal escritas, imaginar la historia detrás de cada número de asiento que va a subir al mismo avión... Siempre me gustaron los aeropuertos. Por ese tiempo que puedo dedicarme, por esos momentos de ilusión ante la cercana “aventura”.
Intuía que no iba a ser tan fácil lograrlo. Dos quesos menos, una discusión simpática con el policía y media hora después, consigo traspasar la puerta. Una sonrisa enorme en la boca. Una maleta pequeña en la mano.
- Señorita, señorita!
¿Y qué pasará ahora...? Es el tipo de antes, etiqueta de iberia, intento retener el nombre que está escrito bajo el logotipo de la compañía aérea.
- Señorita, señorita, disculpe que la moleste, pero hay un problema con su billete.
No me lo creo. No me lo puedo creer. Sonrío nerviosamente. Prefiero pensar que está buscando una excusa para ligar a que realmente no pueda volar. Sí, tiene razón, hay un problema con el billete. Sí, tengo razón, me mira con un brillo especial. Es guapo... No importa, mi billete, mi viaje. Intento resolver, mientras él no deja de mirarme. Solucionado. Aparece el nuevo número de billete.
- Señorita, me permite su tarjeta de embarque, tengo que cambiarla.
- No, no me fío. No me quiero quedar sin viajar.
- ¿No confía en mí?
- No confío en los centroamericanos, en general.
- Eso suena a una no buena historia...
- No, que va, quizás precisamente por eso...
Reflexiono un segundo. ¿En qué momento cruzó la línea? ¿ En qué momento le dejé cruzar?
- Espéreme ahí, en esa puerta. Regreso en cinco minutos con su billete.
Sigo sin fiarme. Y si al final, entre tanta historia, ¿me quedo sin boleto?. Espero. Han pasado nueve minutos. Paseo. Me pongo nerviosa. Ya está, alguna vez tenía que pasarme, me engañaron...
Trece minutos después, aparece.
- Pero ¿qué pasó?
- No pude venir antes. Ésta es la nueva tarjeta de embarque. Aquí aparece el número de billete correspondiente. Si se fija, en el anterior, no aparecía.
Sin embargo, se queda con el billete en la mano, ni siquiera hace el ademán de dármelo. Así que me acerco y agarro la tarjeta. No la suelta. Después de un leve forcejeo, permite que gane. Se queda mirando fijamente.
- Puedo besarla?
No espera una respuesta. Se acerca. Me besa. Dulce. Sabe a caramelo de menta. Largo. Me da tiempo a pensar y derribar muros. No quiere separarse. Se siente. Sin embargo, lo hace. Él, tiene que trabajar. Yo, seguir soñando.
Por favor, escriba.
“Qué tal su viaje? Quiero decirle que lo que pasó el jueves en el aeropuerto realmente me encantó, créame, nunca me había pasado!!! Espero no haberle causado una mala impresión. Porque si usted me lo permite quisiera volverla a ver, invitarla a un café, conocerla un poquito más...”
Si era una sorpresa o este blog iba a existir de incógnito, te has delatado al escribirme en el mío, jaja.
ResponderEliminarPero como sé que no era ni una cosa ni otra, simplemente te digo que me encanta!!
Y te lo digo desde este post, el que sigo prefiriendo a los demás, el que conocí antes de que fuera escrito.
Te quiere,
Àngels
Como buena periodista... y yo que lo tenía guardadito todavía...
ResponderEliminarYo también te quiero! Nos seguimos compartiendo palabras y caminos...
Lidia